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Ficciones Domésticas
El cristalero

I. La hoja

Treinta y un turnos. Mauricio le dio la hoja antes de que se cambiara el mono.

—Hasta el dieciséis de mayo, compadre.

Wilmer la cogió con dos dedos. La miró sin abrirla. La hoja era una de las del talonario gris de la subcontrata, fotocopiada en la fotocopiadora de la oficina, con el mes ya impreso y los días tachados a boli rojo desde el dieciséis para abajo. Lo de antes seguía limpio.

—Y luego.

—Y luego nada. La torre prueba humanoides un mes. Si va, se quedan. Si no, otra subcontrata.

—¿Otra subcontrata para nosotros.

—Otra subcontrata para la torre. Para nosotros, despido.

Eran las dos menos cuarto de la madrugada del dieciséis de abril. El vestuario estaba en la planta menos dos, en una habitación sin ventanas con armarios metálicos azules y un cartel que decía zona de cambio de uniforme · prohibido fumar. Los demás del equipo nocturno —cinco hombres— se cambiaban en silencio. Wilmer dejó la hoja en la repisa que había encima del armario, donde tenía las llaves del piso, una caja de aspirinas y la foto carné de la primera vez que renovó la NIE, hacía ya catorce años. La cara que le miraba desde la foto era la de un hombre que aún no entendía Madrid.

Sacó el mono azul. Se lo abotonó sin pensar. El mono pesaba más en abril que en febrero porque cargaba con el frío de los cristales acumulado de toda la temporada. Se ajustó el cinturón del arnés, dos hebillas a cada lado, una ventral. Se puso el casco. El casco le quedaba un poco grande desde el principio porque el primer encargado, hace diecinueve años, no lo había medido bien y a Wilmer le había dado vergüenza pedir otro.

Mauricio le pasó por delante con su carpeta y el silbato en el pecho. Se paró un segundo.

—Lo siento, ya pues.

Lo dijo flojo, con vergüenza. Wilmer movió la cabeza una vez. No le contestó. No porque estuviera enfadado con Mauricio. Mauricio era de Tacna, llevaba en Madrid menos años que él, y la subcontrata le había hecho encargado tres años atrás porque había pasado un curso de prevención y tenía papeles. La hoja se la había dado Mauricio porque era el que las daba. La culpa era de gente que no estaba en el vestuario.

Antes de subir, Wilmer hizo una cosa que llevaba pensando desde el camino. Sacó del bolsillo de los pantalones un palito de carbón vegetal de los que vendía el Lidl en bolsas de tres kilos. Llevaba una bolsa entera en el zulo de la furgoneta desde hacía un año, para hacer parrillas en Carabanchel los fines de semana cuando los chicos del barrio montaban algo. El palito que había cogido era pequeño, del tamaño de un pulgar. Se lo metió en el bolsillo interior del mono, donde solían guardar los caramelos para la garganta seca, y se subió la cremallera.

A las tres y veinticuatro estaba colgado de la fachada norte de la planta treinta y uno. La torre no tenía nombre en el contrato, en los papeles era Torre Norte, pero todo Madrid la llamaba como el político que había prometido inaugurarla en el 2029 y al final no la había inaugurado nadie. Wilmer no le ponía nombre. Era el cristal.

Hizo la fachada en el orden de siempre. Pulverizador, sopapa, mopa, trapo, repaso, paño de microfibra. Bajó dos cuerpos. Subió uno. La luna creciente quedaba al oeste del Pirulí. La temperatura en el cristal era de seis grados y Wilmer respiraba por la nariz para no sacar vaho que ensuciara lo que acababa de limpiar.

A las cuatro y diez paró. Apoyó las botas en el saliente del cristal. Se sacó del bolsillo el palito de carbón. Las manos las tenía dentro de unos guantes finos térmicos, así que el carbón lo cogió con tres dedos por encima del guante, sujetando el palito desde fuera. Se acercó al cristal y, en el centro de la pieza vidriada de planta treinta y uno fachada norte, dibujó una rosa.

La rosa salió torpe. Cinco pétalos redondos, sin espinas, con un tallo corto. Cinco centímetros de altura. El carbón sobre el cristal escarchado quedaba con un brillo negro mate, distinto del negro del bolígrafo, distinto del negro de la pintura. Quedaba como queda la ceniza cuando se le pega al hielo y luego se la limpia mal: presente, opaca, dispuesta a desaparecer al primer paño caliente. La rosa duraría hasta su propio paño, dos horas y media después.

Wilmer se quedó mirando el dibujo unos segundos.

A las cuatro y diecisiete, dentro de la planta treinta y uno, vacía, oscura excepto por las luces piloto del techo y los paneles de emergencia, pasó CUSTODIA-2. La pasada era recta, sin variaciones, idéntica a la de la noche anterior y a la de las otras seiscientas y pico noches que Wilmer había trabajado en aquella planta. CUSTODIA-2 medía un metro setenta y cinco. El cuerpo era matt grafito, sin LEDs, sin nada que brillara. La marca, Doméstica Ibérica, no se veía en ningún sitio: había estado en una placa atornillada al pectoral izquierdo y la quitaban antes de la entrega para ahorrarse la queja del cliente. Mauricio se lo había contado.

CUSTODIA-2 cruzó la planta de norte a sur. Se detuvo dos segundos delante del ventanal porque cada noche se detenía dos segundos delante del ventanal. Era parte del recorrido. Wilmer estaba colgado del otro lado, a sesenta centímetros del cristal, y vio cómo el guardia —Wilmer no le ponía mote, le decía el guardia— giraba la cabeza tres grados hacia la izquierda. La cabeza giraba siempre tres grados hacia la izquierda en esa pasada. Era el sector donde había detectado mayor probabilidad estadística de anomalía, según Mauricio había leído una vez en un manual.

Esa noche, en el sector donde el guardia giraba la cabeza, había una rosa.

CUSTODIA-2 siguió. Salió por la puerta del ascensor de servicio. Wilmer terminó la fachada a las cinco y cuarenta. Bajó. En el vestuario se quitó el mono, lo dobló, lo metió en el armario. Cogió la hoja de la repisa. La dobló también. Se la guardó en el bolsillo del pantalón. Subió a la furgoneta de la subcontrata con tres compañeros más. Llegó a Carabanchel a las seis y veinte. Se tumbó vestido, con los calcetines puestos, y durmió hasta la una.

II. Las espinas

Para el turno dieciséis, la rosa tenía espinas.

Las espinas habían empezado a salir alrededor del turno veintidós, cuando Wilmer entendió que el dibujo se le iba a estandarizar en una sola forma si no metía variaciones. Había leído algo parecido en una nota del manual de seguridad —en un sitio donde no tocaba— sobre cómo el patrullero clasificaba eventos anómalos repetidos contra eventos anómalos únicos. Si querías que cada rosa fuera única, tenías que cambiar algo.

Wilmer no quería que CUSTODIA-2 le clasificara ningún evento. No pensaba en CUSTODIA-2 cuando dibujaba. Pero la conversación con Mauricio en el vestuario llevaba unos días girando en torno al humanoide limpiador.

—Dicen que lo prueban dos noches la semana que viene —dijo Mauricio el lunes—. Una unidad sola. Para una fachada. La este, la pequeña.

Wilmer dejó el casco encima del armario. Se ajustó las hebillas del arnés sin contestar enseguida. Mauricio esperaba con la carpeta apretada contra el pecho, como si la pregunta no la hubiera hecho él.

—¿Y luego.

—Luego dos. Y luego, lo que ya sabemos.

—¿Suben con cuerda.

—No, compadre. Suben en una jaula que se anclan ellos solos al raíl. Han puesto raíl este invierno. Por eso parábamos los lunes en febrero. Eso era el raíl.

Wilmer no se había dado cuenta de que en febrero habían parado los lunes. Lo de la subcontrata era trabajar y a veces no trabajar; los meses que no trabajabas los pasabas en blanco, sin paro, sin nómina, sin nada, y luego volvías cuando llamaban. Para diciembre y enero y febrero, Wilmer y los otros cuatro habían cobrado tres semanas en lugar de doce. Mauricio estaba seguro de que aquello había sido por algo. Resulta que había sido por el raíl.

A las cuatro y siete del turno dieciséis, antes de la pasada del guardia, Wilmer dibujó la rosa de espinas. Tenía cinco pétalos, igual que la primera, pero los bordes los hizo dentados. Las espinas las dibujó con tres trazos cortos a cada lado del tallo, alternados. Se quedó mirando la rosa. Era más fea, pensó. Era más fea, y era más rosa.

A las cuatro y diecisiete pasó CUSTODIA-2. Cruzó la planta. Se detuvo dos segundos delante del ventanal. Y entonces Wilmer vio una cosa que no había visto antes. La cabeza, en la pasada de aquella noche, no giraba tres grados. Giraba más. Cinco, quizás. Y se quedaba quieta más tiempo del que se quedaba quieta de costumbre.

Wilmer contó. Cuatro segundos. Cinco. Seis.

Después CUSTODIA-2 cerró el giro y siguió.

Wilmer estuvo media hora pensando en ese giro extra. Bajó con una velocidad un poco mayor que la habitual, y al llegar al saliente de la planta veintinueve dio un golpe contra el cristal con el coxis y soltó un carajo en bajo que le hizo apretar más los puños sobre la cuerda. A las cinco y media estaba abajo. Se quitó el mono. La piel del coxis le ardía. Mauricio le notó algo.

—¿Qué tal arriba.

—Bien.

—¿Te has dado.

—Un poco.

—Mañana coges la fachada este, que es más amable.

—Mañana cojo la norte. Como siempre.

Mauricio se le quedó mirando un segundo. Ya pues. Cogió la carpeta y se fue.

Aquella noche, en el descansillo del piso de Carabanchel, Wilmer hizo una cosa que tampoco hacía nunca. Se quedó pensando si CUSTODIA-2 había detectado algo. No tenía manera de saberlo. Sabía que el guardia tenía cámaras 8K. Mauricio le había dicho una vez la palabra OCR y se le había quedado: era el ojo del guardia, un ojo más fino que el suyo. Sabía también que la torre tenía un servidor de seguridad en el sótano y que ese servidor mandaba cosas a un servidor más grande del cliente corporativo, en algún sitio de Alcobendas. Pero saber qué guardaba el guardia exactamente, y dónde, y qué hacía el cliente luego con eso, era una cosa que ni Mauricio sabía.

Entró en su cuarto. La rosa de aquella noche, en el cristal de la planta treinta y uno, llevaba ya media hora limpiada por su propio paño caliente.

III. El anexo

Faltaban tres turnos. Wilmer tenía la quincena en el bolsillo y un trozo de carbón entero todavía en el zulo de la furgoneta cuando le llegó el wasap.

Era de Mauricio. Pero no era de Mauricio. Era de Mauricio reenviando un PDF que le había mandado su cuñado, Hipólito, que llevaba dos años con un contrato de administrativo en la oficina central de la subcontrata, en Vicálvaro. El cuñado de Mauricio había sacado el PDF del despacho del jefe de zona, donde a veces le mandaban a archivar, sin que el jefe se enterara. El PDF lo había mandado por wasap a Mauricio al mediodía. Mauricio se lo había reenviado a Wilmer a las nueve y veinte de la noche, cuando Wilmer todavía estaba en el sofá del piso, con el café del termo a medias y la furgoneta abajo esperándole.

El wasap traía dos líneas. Cómpadre, esto va a ti. No se lo digas a nadie. M.

Wilmer abrió el PDF en la pantalla del Samsung. Eran cuarenta y tres páginas. La primera tenía membrete del cliente corporativo. Auditoría de continuidad operativa · servicios de mantenimiento integral · cambio de proveedor de limpieza vertical externa · expediente AZCA-NORTE-25-04. La segunda página, índice. Wilmer pasó al índice. Buscó algo, sin saber qué buscaba. Lo encontró. Anexo C: registros del sistema de seguridad nocturno relativos a anomalías de comportamiento del operario actual durante jornadas no productivas.

Pasó al anexo C. Era a partir de la página treinta y uno.

Wilmer fue bajando con el dedo. Las primeras páginas eran tablas. Tablas con horas, con coordenadas de planta, con códigos. La columna event_class se repetía. Treinta y un registros. En todos, el mismo código.

anomaly_visual_pattern_class:floral_carbon_marking.

Treinta y uno. Empezando el dieciséis de abril a las cuatro y diez. Terminando dos noches atrás, a las cuatro y nueve.

Wilmer se quedó mirando la pantalla un rato largo. La luz del Samsung le iluminaba la barbilla y un trozo de la mesa de la cocina. Detrás del Samsung, lejos, había una repisa con un cristo de la primera comunión de un primo que ya no veía.

Bajó al final del anexo. La última página era una recomendación.

Recomendación operativa. Así, en negrita. El comportamiento descrito constituye anomalía clasificable bajo el epígrafe del Anexo II del contrato, apartado 4.3 (uso del puesto fuera de las funciones encomendadas, con aplicación de marcas no autorizadas sobre el activo de la propiedad). Aunque no se detecta intencionalidad maliciosa ni daño funcional al activo, la persistencia (treinta y un registros en treinta y un noches consecutivas) sugiere patrón compulsivo del operario y avala, junto con los factores económicos y técnicos descritos en el Anexo A, la sustitución del servicio por unidad humanoide bípeda con anclaje a raíl en el plazo previsto.

Wilmer leyó la recomendación tres veces. La primera no la entendió. La segunda la entendió a medias. La tercera la entendió entera.

Se levantó. Cerró el Samsung. Lo dejó boca abajo en la mesa. Se acercó al cajón de la cocina, sacó un papel A4 de una libreta y un bolígrafo. Estuvo a punto de escribir algo. No supo qué. Volvió a la mesa. Cogió el Samsung.

Abrió el PDF otra vez. Buscó el anexo C. Buscó el registro número uno. Hora: cuatro horas, diez minutos, veintidós segundos. Tipo de anomalía: floral. Subtipo: rosa. Confianza del clasificador: noventa y siete coma tres por ciento.

Wilmer cerró el Samsung otra vez.

Cogió el PDF. Le dio a guardar. El móvil le preguntó dónde. Lo guardó en Documentos · Trabajo. Salió del wasap. Le contestó a Mauricio una sola palabra: gracias.

Bajó. Se subió a la furgoneta. Saludó a los compañeros. Llegó a la torre a la una y cincuenta. En el vestuario se cambió como cualquier otra noche. Cuando llegó a la repisa donde tenía las llaves del piso, dobló la hoja del PDF —la que aún le quedaba en el bolsillo, ya casi blanda de tanto doblar— en cuatro. La metió en el bolsillo interior del mono, junto al palito de carbón. Se subió la cremallera. Se ajustó el cinturón del arnés.

Subió a la fachada norte.

A las cuatro y diez dibujó una rosa con espinas.

A las cuatro y diecisiete pasó CUSTODIA-2. La cabeza giró cinco grados. Se quedó quieta seis segundos. Cerró el giro. Siguió.

Bajó.

IV. La mano

La noche del turno cero —dieciséis de mayo, sábado madrugada— Wilmer dibujó una rosa exactamente igual que las treinta de antes.

No la firmó. No la cambió. No le añadió nada. La hizo del mismo tamaño, con las mismas espinas alternadas, con el mismo tallo torcido. Fue la rosa más parecida a la rosa anterior que había dibujado en treinta y dos noches. Si se hubieran fotografiado todas las rosas y se hubieran puesto en una pared, en orden, la del turno cero habría quedado en mitad de la serie sin que nadie lo notara.

Wilmer eligió eso a propósito.

CUSTODIA-2 pasó a las cuatro y diecisiete. La cabeza giró cinco grados. Se quedó quieta seis segundos. Cerró el giro. Siguió. Igual que la anterior. Igual que la otra anterior. Igual que las once o doce anteriores, cuando la cabeza ya había aprendido a quedarse quieta seis segundos.

Wilmer terminó la fachada. Bajó a las cinco y cuarenta y cinco, un cuarto de hora más tarde de lo habitual, porque el último cabo se enredó en una guía y tuvo que aflojarlo dos veces. En el vestuario se quitó el mono. Lo dobló. Lo metió en el armario. Sacó las llaves del piso de la repisa, la caja de aspirinas, la foto carné. La hoja que Mauricio le había dado el primer turno, de la fotocopiadora, la que tenía el dieciséis tachado, ya no estaba allí. Se la había llevado a casa la semana anterior. La tenía en un cajón de la cocina junto al PDF imprimido en quince páginas, y junto a la libreta donde el A4 seguía en blanco.

Mauricio entró en el vestuario cuando Wilmer estaba terminando de abrocharse la camisa de calle.

—Hasta luego, compadre —dijo Mauricio.

Wilmer se le quedó mirando un segundo. Mauricio tenía la cara de quien no ha dormido bien dos noches seguidas. Tenía el silbato fuera del jersey, colgado, y la carpeta apretada contra el pecho. Detrás de él, en el armario abierto del medio, se veía un mono azul nuevo, sin estrenar, con la etiqueta de plástico colgando del cuello. Wilmer no preguntó de quién era el mono.

Mauricio le tendió la mano.

Wilmer se la dio. Se la sostuvo dos segundos. Mauricio apretó. Apretó como aprietan los hombres del altiplano cuando se quedan sin palabras: con las dos manos, la izquierda encima de la derecha, sin decir nada.

—Cuídate.

—Cuídate, hermano.

Wilmer salió del vestuario. Subió la rampa hasta la calle. La mañana de mayo estaba todavía oscura. El sol no asomaba por encima de la torre vecina. La calle Castellana estaba vacía excepto por dos taxis y un camión de la basura. Wilmer caminó hasta la furgoneta de la subcontrata, donde le esperaban los tres compañeros. Subió. La furgoneta arrancó.

A su espalda, a sesenta centímetros del cristal de la planta treinta y uno fachada norte, había una rosa de carbón con espinas. El humanoide ya la había archivado. El registro número treinta y dos. Subtipo: rosa. Confianza del clasificador: noventa y siete coma tres por ciento.

A los nueve minutos, el primer paño caliente del segundo equipo —el de día, el que iba con escalerillas por dentro— borró la rosa. La planta quedó como cualquier otra mañana. El servidor del sótano mandó el log a Alcobendas a las siete en punto. En Alcobendas, en una sala con aire acondicionado, una persona que Wilmer no conocía y nunca conocería abriría el log a las nueve y diez de la mañana y vería un único registro nuevo. Anomaly_visual_pattern_class:floral_carbon_marking. Operario terminado. Cierre de expediente.

La persona haría doble clic en el cierre del expediente. Se le abriría una ventana de confirmación.

Wilmer, mientras tanto, estaría llegando a Carabanchel.

Fin.

Lo real detrás del relato

El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (en vigor desde agosto de 2024) obliga, en su artículo 50, a informar a las personas cuando interactúan con un sistema de IA. La práctica deja un hueco amplio para las subcontratas externas: el limpiacristales que sube por la fachada de una torre rara vez recibe el aviso de que la unidad de seguridad nocturna del cliente está detectando, clasificando y archivando cualquier patrón visual que registre.

España recicla menos del 50% de su residuo electrónico, y la limpieza está entre los sectores con mayor presencia migrante de la Unión Europea: en Madrid, casi la mitad de los profesionales que limpian cristales en altura cobran por subcontrata externa, en jornada nocturna, conforme al RD 2177/2004 y el Convenio Estatal de Limpieza. Eurostat sitúa el sector entre los cinco con mayor exposición a sustitución por automatización en horizonte 2030—2035.

Los humanoides bípedos para limpieza de fachadas siguen en piloto. El relevo lo están haciendo, por ahora, drones de fachada y plataformas robotizadas como las de Skyline Robotics o Lucid Bots. Lo que no es ficción es la sensórica fina: cámaras 8K con OCR de patrón anómalo se usan ya en bancos para detectar grafiti incipiente sobre vidrio, y guardan los registros en servidores corporativos durante meses.

Lo que un trabajador hace cuando sabe que le quedan treinta y un noches de oficio es, de momento, suyo. Hasta que alguien lo clasifique.

ROBOHOGAR
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Ficciones Domésticas es la serie de relatos especulativos de ROBOHOGAR — cada semana una historia corta desde el hogar robotizado que viene. Cero futurismo de laboratorio, todo cocina, pasillo y salón.

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