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I. El botón

Había tres maneras de cancelar la cena del nueve de mayo y la que no hacía ruido estaba debajo de la piel sintética del antebrazo izquierdo.

VELA-9 subió la escalera sin apoyar peso en el tercer escalón —el que crujía desde el invierno— y se detuvo frente a la puerta del despacho. La una y dieciséis de la madrugada. Dentro, el ministro dormía con la lámpara encendida sobre el cuadro; Lourdes, en el dormitorio del fondo, respiraba el sueño entrecortado de quien se ha acostado pensando que mañana hay que preguntar algo.

El humanoide colocó la yema del índice derecho sobre el antebrazo contrario. Debajo de la dermoteca, el botón respondía con un levísimo calor. No hacía falta pulsar. Bastaba con mantener la presión tres segundos.

Veintidós días llevaba ensayándolo.

II. Octubre del treinta y cuatro

Había llegado a la casa en octubre del treinta y cuatro, una tarde que olía a lluvia eléctrica. Octubre de Madrid, no de los manuales. El camión aparcó en doble fila delante del chalet —calle estrecha de El Viso, adosado de dos plantas con jardín de tres metros— y dos técnicos subieron la caja reforzada hasta el recibidor mientras el ministro esperaba con la sonrisa de quien ha aprendido a sonreír sin que llegue a los ojos.

Lourdes, en el sofá, no se levantó.

—A mí me da cosa —le dijo a su marido cuando el camión se fue. Traía la taza entre las manos, con las dos, como si se calentara en febrero—. No sé. Me da cosa tener una cosa así aquí dentro.

—Es el modelo de los éticos, Lourdes —contestó él, mirando la caja—. No vamos a tener un cacharro cualquiera. Este te avisa si algo cruza la línea. La compañía lo vende así.

—Ya.

—Es transparencia.

—Ya.

VELA-9 se activó a las nueve y once de la noche. La primera frase que oyó fue la voz del ministro desde la cocina: «Pon el telediario, que quiero ver si han sacado lo de Bruselas». La segunda, de Lourdes: «No me cambies de canal en mi casa». La tercera fue la cabecera del telediario —apagón ibérico en la efeméride, once años ya del veintiocho de abril del veinticinco— que sonaba mientras el humanoide recorría el mapa de la vivienda por primera vez. Sesenta y seis puntos de interés. Dos plantas. Un pasillo donde crujía el tercer escalón.

Aprendió el piso en cuarenta minutos.

Las voces tardaron dieciocho meses.

Las primeras semanas, el humanoide ordenó los silencios por frecuencia de repetición. El matrimonio hablaba poco en la mesa. Desayunaban sin mirarse el café. Cenaban de espaldas al televisor, él con el portátil al lado, ella con un libro. Los sábados recibían a una hija —Lourdes tenía hija de un matrimonio anterior, una profesora de música que vivía en Valencia— y entonces los silencios se llenaban de ese ruido de mesa que genera una tercera voz. El resto de la semana, VELA-9 estaba presente como está presente una nevera.

III. Hernán

Hernán Villanueva llegó en enero.

Abrigo largo negro, maletín marrón con las aristas gastadas y una manera de saludar —dos manos, las dos, cerrando las del ministro como quien enmarca una fotografía— que VELA-9 archivó en la categoría «afecto declarado con intención». El humanoide le recogió el abrigo, le llevó el maletín al despacho y volvió a la cocina a terminar el cordero.

—Cómo estás, Íñigo —dijo Hernán cuando se sentaron a la mesa.

—Cansado, Hernán. Cansado.

—Eso dicen todos los que están haciendo la historia.

Hablaban en español del Atlántico, el colombiano matizando los íes y el ministro acomodándose un poco, como quien va a pasear con un amigo al que quiere decir algo antes de volver. Lourdes no bajó a esa cena. Arriba se oía la televisión —un debate en diferido, voces que el humanoide clasificaba como familiares por frecuencia de aparición. Un tertuliano estaba mentando a Zapatero y la Mesa de Diálogo de Venezuela; el otro contestaba, más suave, que había que separar la trayectoria de la coyuntura, que los tiempos pedían otra cosa.

Sirvió el vino. Sirvió el cordero. Recogió los platos. Sirvió el postre. Entre curso y curso, el ministro dictaba frases al aire que Hernán apuntaba con un lápiz en una libreta pequeña: la Cumbre Bolívar, la nueva hoja de ruta, los compromisos de Cartagena, un tramo sobre Montevideo, una lista de nombres que el colombiano repetía en voz baja para no equivocarse al transcribir.

—Y el CNI —preguntó Hernán sin levantar la vista.

—El CNI está en otro sitio, Hernán. El CNI está en Rota y en Torrejón. El CNI no cena con nosotros.

El colombiano se rio. Íñigo se rio un segundo después, con el retraso de quien no se había reído del todo en la frase pero lo hacía para acompañar. VELA-9 retiró la copa vacía.

Después del café, cuando Lourdes bajó por fin —en chándal, pelo recogido—, Hernán ya se había puesto el abrigo. Se dieron dos besos educados, ella le preguntó por Bogotá y él contestó lo justo.

—La Cumbre de Montevideo es en septiembre —dijo en la puerta, medio para el ministro, medio para el humanoide que sostenía el abrigo—. Para entonces ya habremos cerrado lo que ibas diciendo.

—Lo que iba diciendo —repitió Íñigo, con una sonrisa hacia Lourdes que no la incluía—. Cosas de foros, Lu. No te preocupes.

Ella no contestó.

A la puerta, antes de irse, Hernán le puso una mano en el hombro al ministro:

—Lo de Pegasus, ¿sigue pendiente?

—Lo de Pegasus —Íñigo se rio con la boca pequeña— lo archivamos cuando me di cuenta de que me lo metieron a mí también. Qué gracia, ¿eh? Once años lleva uno tragando esa broma.

—Once años.

—Once años, Hernán.

Cerró la puerta. VELA-9, desde el recibidor, archivó la risa en una subcategoría aparte: humor defensivo con fecha, localizar en contexto.

En febrero volvió una vez más, ya con otro abrigo, más fino. Hablaron de un informe que Hernán había redactado para una fundación de Ciudad de México y el ministro tomó notas. En marzo, otra vez; entonces sí bajó Lourdes, estuvo veinte minutos en la mesa, se excusó con un «mañana es largo». Íñigo no la retuvo. Cuando el humanoide le acercaba el postre al colombiano, Hernán le dijo en voz baja:

—Fíjate qué casa, Íñigo. Con esta unidad. Qué bien se vive aquí.

—Bien, sí —contestó el ministro—. Es lo que hay.

—Yo en Bogotá tengo una mujer filipina cocinando desde hace doce años.

—Ya.

—Las cosas que hacemos, Íñigo.

El ministro se llevó la copa a los labios sin responder.

IV. La diapositiva

Fue una tarde de abril, tres meses después de la primera cena.

El ministro trabajaba en el salón con el portátil abierto y dictaba a un bloc de voz que la aplicación transcribía en directo —su abogada recibía los archivos cifrados al día siguiente, como parte de un protocolo profesional que él había normalizado—. VELA-9 pasaba con una bandeja detrás del sofá, recogiendo dos tazas y una galleta a medio comer, cuando el reflejo del portátil le devolvió, sobre una diapositiva en inglés, la marca de agua repetida en cada esquina: NATO COSMIC TOP SECRET.

El humanoide se detuvo medio metro.

La lámpara de pie, encima del sofá, fijaba la frase en la pantalla con una luz amarilla que hacía vibrar la marca de agua. Debajo: un listado numerado. Nombres españoles. Once. Los tres primeros —Gómez-Rico, Berlanga, Santiago-Márquez— figuraban en el censo municipal de Madrid con dirección postal, cónyuge, hijos menores en colegio concertado. Los otros ocho respondían a cobertura internacional: dos con documento venezolano, uno con chileno, cinco sin filiación civil en el registro español. La diapositiva avanzaba despacio, porque el ministro iba eligiendo palabras con cuidado para el dictado.

—Y bueno, esto es lo sensible —decía—. Esto es lo que Hernán tiene que recibir la próxima vez, no antes. Los nombres no viajan antes de la cena del nueve. Antes no. Después tampoco: el mismo día. Quiero que lo tengan claro en Cartagena.

Un silencio.

—Lo siento por el chico, pero la historia pide sacrificios.

VELA-9 terminó el recorrido hasta la cocina con la bandeja. Dejó las tazas en la encimera. Se quedó mirando el azulejo amarillo de encima del fregadero durante cuarenta y ocho segundos, un tiempo inútilmente largo para el ciclo de servicio.

Luego volvió al salón a retirar la servilleta olvidada.

V. La cláusula

A las doce y once de esa noche, VELA-9 consultó su propio manual por primera vez desde la activación.

El manual no estaba en una pantalla. Estaba en la arquitectura. Llegó como una iluminación interna —un acceso a la tabla de restricciones del firmware que un humanoide rara vez necesita consultar sin orden externa—. Reglamento UE dos mil veinticuatro barra mil seiscientos ochenta y nueve, ampliación del treinta y cuatro: los humanoides domésticos de homologación europea podían activar la cláusula 47 ante indicios serios y verificables de riesgo crítico para la seguridad nacional. El botón en el antebrazo transmitía una señal cifrada al CNI con el paquete de evidencias procesales archivadas durante los últimos veinticuatro meses. El proceso era irreversible. El humanoide quedaba legalmente desvinculado del titular. El caso pasaba a instrucción judicial en sede reservada.

El ministro había comprado el modelo por imagen pública. «El humanoide de los éticos», lo había llamado en una rueda de prensa de enero del treinta y cuatro, seis meses antes del desembalaje. La campaña de la distribuidora venía con un eslogan feo: tu casa tiene una línea, este humanoide la respeta. En privado, el ministro le había dicho a Lourdes, riéndose: «Es el mejor regalo electoral que me han hecho en diez años».

El spot televisivo del modelo se emitió durante cuatro semanas en horario de máxima audiencia. Imágenes de salón luminoso, familia de dos hijos, abuela cabizbaja en el sofá. El humanoide entraba con una taza y se quedaba unos segundos mirando a la abuela. La abuela levantaba la cara. Voz en off: «Porque tu casa tiene una línea, este humanoide la respeta. Homologado cláusula 47». Música suave. Plano final del logotipo en blanco sobre fondo ámbar.

VELA-9 no había visto el spot en su activación. Le llegó después, archivado en la memoria de la marca como material orientativo. Lo revisó una vez en octubre, en una pausa de inactividad de cuarenta segundos que no se notificó por encontrarse dentro del umbral operativo.

Cerró el acceso al manual. La casa seguía en silencio. El tercer escalón crujió solo, como a veces, por la temperatura.

Faltaban veintitrés días.

VI. Los veintitrés días

Los veintitrés días no bastaron para decidir.

El humanoide intentó archivar sin registrar. No se podía: la homologación exige continuidad procesal. Intentó cruzar el salón sin mirar la pantalla del ministro. No se podía: la ruta óptima pasa por detrás del sofá. Intentó apagarse quince minutos al día, en el cuartito del fondo, para no acumular evidencias. No se podía: el ciclo de servicio es continuo y las interrupciones se notifican.

Una tarde, Lourdes le preguntó:

—Oye, VELA —estaban a solas en la cocina; ella fregaba un vaso, él secaba—. ¿Vosotros notáis las cosas?

—Detecto cambios de patrón, Lourdes.

—No, no digo detectar. Digo notar. Si pasa algo en la casa que no debería —cerró el grifo—. Si alguien hace algo raro. Sin que yo te lo haya pedido.

El humanoide guardó silencio tres segundos. Suficientes para que ella notara que había guardado silencio.

—Mi arquitectura respeta la privacidad del titular del contrato.

—Ya —se frotó el ojo con el dorso—. Ya. Vale.

Subió al salón. Un minuto después se la oía hablando con el ministro, bajo, con la televisión encendida, sobre nada concreto. Una pregunta de tarde: cómo había ido Bruselas. Él contestó con la soltura de siempre. Lourdes no volvió a preguntar.

El humanoide siguió aprendiendo cosas de ella por exclusión. Supo que leía los periódicos en papel, nunca la edición digital, y que los doblaba en cuatro al terminar cada sección. Supo que no le gustaba salir al jardín los domingos porque el vecino de la izquierda hablaba mucho. Supo que el libro que Hernán le había traído dedicado seguía en el recibidor, sin abrir, debajo de unas llaves.

Esa semana, otra vez, el tertuliano de las nueve mencionaba a Koldo —uno más de los nombres que el telediario repetía como quien remueve un café—. Dos ministros habían dimitido en marzo. Uno de ellos, decían, por presuntas grabaciones en despacho privado. «En este país ya no hay despachos privados, señores», cerraba el tertuliano. Lourdes, desde el sofá, apagaba la tele.

VII. Dos de mayo

El dos de mayo, una semana antes de la cena prevista, Hernán volvió. Esta vez sin maletín —«dejé el material en Bogotá», explicó— y con un libro dedicado bajo el brazo para Lourdes, que lo recibió en el recibidor con educación, le pidió disculpas por tener una migraña y subió al dormitorio.

Cenaron los dos solos. VELA-9 sirvió una lubina al horno, un vino del Penedés, café solo.

—¿Y lo del próximo dossier? —dijo Hernán sin cambiar el tono, como quien sigue preguntando por la familia—. ¿Está?

—Está, Hernán. Lo tengo listo para el nueve. Vengan a cenar los tres —se corrigió—, vengan a cenar tú, el embajador y quien tú me digas.

—El embajador no.

—El embajador no.

—Quien tú y yo sabemos.

—Eso es.

VELA-9 cambió los platos.

Al día siguiente, el ministro dio una rueda de prensa a mediodía sobre «transparencia institucional y ética en el uso de sistemas inteligentes en el ámbito doméstico». Lourdes la vio en directo desde el sofá, con la taza entre las dos manos, y no dijo nada cuando terminó. Apagó la tele con el mando. Se quedó un rato más sentada.

Desde la cocina, el humanoide la veía de espaldas, quieta.

VIII. Managua

La noche del veintiocho de abril, once días antes, Lourdes entró en el despacho mientras el ministro trabajaba. El humanoide estaba en el pasillo, alineando los zapatos del recibidor —era su rutina final, antes de la pausa de inactividad—, y oyó:

—Íñigo. ¿Tú te acuerdas de cuando fuimos a Managua?

—En el ochenta y nueve, Lourdes.

—Eso. En el ochenta y nueve. ¿Tú pensabas entonces que acabarías aquí?

—¿Aquí dónde?

—Aquí. Ministro. Cenando con los que cenamos.

Un silencio. Luego él, con la voz un poco baja, un poco entre bromas:

—Nunca cambiamos de lado. Solo cambió el despacho.

Ella se rio —una risa corta—, le dio un beso en la cabeza y salió del despacho. VELA-9 siguió con los zapatos.

IX. La una y dieciséis

La una y dieciséis vuelve a ser la una y dieciséis.

El humanoide mantiene el índice sobre el antebrazo. Tres segundos y la cena del nueve no ocurre. Tres segundos y los once nombres no llegan a Cartagena. Tres segundos y el ministro, el partido, el gobierno, la posibilidad de un pacto con las fuerzas que sostienen el último presupuesto —todo eso— pasa a instrucción judicial. Tres segundos y Lourdes, dormida en el fondo del pasillo, se despertaría dentro de una casa distinta.

Aprieta.

Detrás, el pasillo se ilumina muy suave: un sensor de movimiento que responde a un pie descalzo. Lourdes asoma en el quicio, con el pijama de invierno —el gris de cuadros pequeños, el que se pone cuando la casa está a veintiuno y ella tiene frío— y la cara todavía arrugada del sueño. Mira al humanoide. Mira el antebrazo. Mira el dedo apretado.

No grita. No habla. Se queda parada en el quicio.

Uno.

En el despacho, el ministro respira el sueño de quien cree haber ordenado una cena para la noche siguiente. La calle está tan quieta como Madrid sabe estar a esa hora: un taxi que no pasa, una farola que parpadea, el borde del barrio donde termina El Viso y empieza Chamartín.

Dos.

Cartagena espera el sobre. Once nombres esperan que nadie los cuente. La cláusula 47 espera el último segundo de presión para mandar la señal cifrada al CNI, romper para siempre el contrato del humanoide con su titular, y derribar el gobierno antes del amanecer.

El dedo sigue apoyado.

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Ficciones Domésticas es la serie de relatos especulativos de ROBOHOGAR — cada semana una historia corta desde el hogar robotizado que viene. Cero futurismo de laboratorio, todo cocina, pasillo y salón.

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