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⬇ Descargar MP3I. Madrid — un martes a las tres y catorce
Lo primero que oye Martín es el clic del imán de la nevera. Más largo de lo normal, como si alguien hubiera tirado del tetrabrik con dudas. Después llega el zumbido bajo del compresor, ese que su padre lleva meses diciendo que hay que arreglar y nunca arregla; pero esta noche no es bajo del todo, es algo más alto, como si tuviera el volumen subido medio dedo. Tres y catorce. Doce años, los suficientes para saber que si lo pillan fuera del cuarto se queda sin tablet tres días, y la sed ya le pesa más que las cuentas.
La puerta del cuarto la tiene aprendida: dos dedos abajo, empujar despacio hasta el nudo de la moqueta y soltar. Pasillo. Luz azul del descansillo, esa que dejan encendida toda la noche para que el humanoide se oriente si decide moverse. Al aparato no le pusieron nombre. No es un perro, Martín, dijo su madre el día que lo trajeron, hace catorce meses. La frase se quedó en casa como se quedan las normas, sin que nadie la repita.
El aparato está en la cocina.
Lo ve desde el pasillo: de pie junto a la isla, la cabeza ladeada hacia la nevera abierta, quieto del todo. El piloto verde del pecho, que se enciende cuando hace las tareas de la mañana, está apagado. En su lugar hay un punto azul, del tamaño de una lenteja, debajo de la garganta. Ese punto azul aparecía en el folleto. Letra pequeña. Martín no termina de acordarse de qué quería decir.
Se queda en el pasillo sin moverse. El aparato no lo oye, o hace como que no lo oye, aunque oye de sobra: una vez su padre lo probó con un silbato de perro y se giró antes de que terminara el pitido. Ahora no se gira. La cabeza apunta a la balda de arriba, la de las leches vegetales.
Y entonces el aparato habla.
No alto. Murmura. Dos palabras que Martín no pilla. El tono no es el de las mañanas, cuando dice «buenos días, Martín» con la voz del padre pero sin las ronqueras del padre. Es otro tono. Más cansado. Como si hablara para alguien que está lejos.
Levanta la mano y toca el primer tetrabrik. Lo gira. Lee. Lo deja. Toca el siguiente. Lo gira. Lee. Repite el gesto tres veces más con una paciencia que en las mañanas no tiene. Cuando por fin coge el cuarto cartón, el de la leche de avena que el padre compra los jueves, lo hace con la decisión de quien por fin ha encontrado lo que buscaba. Cierra la nevera. La cocina vuelve a quedarse en el azul del descansillo. El aparato se queda quieto medio segundo de más con el cartón en la mano, como si esperara una confirmación, como si escuchara algo que Martín no oye.
Luego vuelve a la base. Pasa a cuarenta centímetros del pasillo y, por primera vez en catorce meses, gira media cabeza al pasar. No del todo. Lo justo para que el visor frontal le dé la luz al pasillo donde Martín está pegado a la pared. Martín contiene el aliento como se contiene la respiración bajo el agua, sin mirar directo, esperando a que el aparato pase del todo.
El aparato entra en el armario del recibidor, en eso que el padre llama «el nido». Se oye el encaje magnético. El punto azul se apaga. Dos segundos después arranca el chirrido bajo de la recarga.
Martín entra en la cocina. Abre la nevera. El cartón ya no está, claro: lo ha dejado encima de la mesa de la entrada, listo para el desayuno. Bebe agua del grifo, sin vaso, directo de la boca al chorro. Eso es de cerdos, Martín, pero a las tres y catorce de la madrugada nadie se entera. En la puerta del horno, el reloj parpadea las tres y dieciséis. Lleva parpadeando desde que se fue la luz en diciembre. Nadie lo ha vuelto a poner en hora. Es el cuarto martes seguido que Martín baja a beber agua a esta hora. Lo cuenta porque le gusta contar las cosas. Antes los martes le daba sed los miércoles. Algo le está cambiando el sueño y todavía no sabe el qué.
Vuelve al cuarto. Tarda dos horas en dormirse.
Por la mañana, el cartón de la leche está donde estaba: en la mesa de la entrada, junto a la llave del coche, la cartera del padre y la nota amarilla de la madre. El padre lo mira al pasar. Le arruga la frente medio segundo, como si fuera a decir algo, y al final dice solo:
—Otra vez me ha sacado la compra sin pedirla. Qué cuco, el cabrón.
Martín no dice nada.
II. Manila — el mismo martes, las nueve y catorce
Joel lleva las marcas en la cabeza ordenadas por nivel de paciencia que le exigen. El alemán es el más fácil: aprendes el plano una vez y desaparece de tu turno hasta que la familia se cambia de supermercado. El chino de gama media es un castigo, te marca como operador «poco eficiente» si tardas más de cuarenta segundos en una decisión y tienes que enseñarle tres veces dónde está el cargador de pared. El ibérico, el que monta la empresa de Barcelona, es buena gente pero come ciclos y al final del turno te has comido tú las horas. El americano paga mejor. Es el que prefiere Joel aunque le toque el horario que le toca. Cuatro dólares más la hora cubren bastante.
Está en el americano desde las doce y media de la noche. Son las nueve y catorce y le quedan doce minutos antes del cierre.
La sala se llamaba «Operations Floor B» en los planos del edificio y todo el mundo aquí dentro la llama solo «la planta». Noventa y seis puestos cuadrados con mampara baja, separados por pasillos del ancho de un carrito de comida. A esta hora hay veintidós cubículos encendidos. El aire acondicionado lleva roto desde el jueves y el ventilador de torre que han puesto a seis metros de su silla hace, cada vez que la aspa cierra el círculo, un ruido grave que parece otro problema. La pantalla muestra una cocina española de las caras: isla central, nevera americana abierta, balda de leches vegetales a la altura del visor. La imagen viene de la cámara frontal del humanoide, la única que el cliente tiene activada en sus preferencias, y abajo a la derecha hay un recuadro con el audio ambiental ya filtrado: el sistema le quita el compresor y los ruidos mayores, deja voces, deja pasos.
Arriba a la derecha, un contador que Joel no mira nunca aunque siempre acaba viendo: nueve horas, veintitrés minutos, cuarenta y siete segundos. Más abajo, otro: estás al ochenta y cuatro por ciento del objetivo hoy. La frase, en inglés, le sigue pareciendo absurda después de cuatro años.
La tarea es pequeña. El aparato tiene que abrir, antes de las siete de Madrid, la compra del día, dejarla preparada en la mesa de la entrada y volver al nido. Forma parte del paquete que la familia paga en torno a diecinueve euros al mes y que en la oferta llaman «Mañana optimizada», una expresión que a Joel siempre se le queda atravesada cuando se la traduce en la cabeza. Hay quince hogares así en su turno. Casi todos en Madrid o Barcelona. A las clases medias-altas españolas les gusta despertarse con la compra puesta.
El aparato se ha atascado con la leche de avena. Etiqueta nueva, formato igual, gramaje igual, código de barras viejo en sitio distinto. El sistema de reconocimiento óptico lo ha leído mal tres veces seguidas y ha llamado a operador humano para no hacer la cuarta y cargar un error en el log. Joel mueve el dedo sobre el panel táctil, hace zoom con el visor del aparato, lee la etiqueta entera para asegurarse: «Bebida de avena calcio Hacendado». Confirma. El aparato coge el cartón.
Pero antes de cerrar la nevera, Joel hace algo que no está en el manual: pulsa la pestaña audio output, selecciona ambiente / nevera / clic imán, sube la duración a 1.7 segundos, baja el volumen al 32% del altavoz frontal. Ejecuta. En la pantalla aparece un recuadro pequeño: audio output ID 04417, log registrado. El aparato cierra la nevera y el clic suena más largo que de costumbre, no mucho, lo justo para llegar al cuarto del fondo del pasillo.
Después sube el compresor un dedo. Misma pestaña, otro ID. Otro recuadro. Output ID 04418. Tarda once segundos en hacerlo todo. El sistema lo cuenta como tiempo de tarea regular.
Y entonces aparece el niño.
De pie en el pasillo. Pijama verde de dinosaurios. No se mueve.
Joel se queda quieto a su vez. Podría girar la cabeza del aparato hacia el niño con un solo clic en la consola y a veces lo hace cuando la situación lo pide, pero esta vez gira media cabeza al pasar, no del todo, lo justo para que el visor le dé la luz un segundo. El contrato es claro: si un menor aparece en la sesión sin estar programado, el operador marca «menor detectado», mantiene la tarea sin interactuar y la empresa envía al día siguiente un informe al cliente que empieza siempre con la misma frase, «actividad nocturna detectada en zona no autorizada, revise preferencias». Todos en la planta se la saben de memoria. Algunos la dicen en alto cuando termina el turno como si fuera un amén.
Joel marca «menor detectado». Guarda el paso. El niño sigue ahí.
El panel le devuelve un aviso nuevo: patrón recurrente detectado — sesión 7 con menor visible en la misma franja horaria. ¿Pausar algoritmo de optimización ambiental?
Joel cierra la ventana sin pulsar nada.
Cuatro y catorce hora Madrid. Los padres autorizaron al aparato a moverse en la cocina entre las tres y las seis para preparar la mañana. No se acordaron, o no leyeron, que el permiso incluía estar a la vista de cualquiera que se levantara a beber agua. Tampoco que el panel del operador sabe a qué hora respira el niño, a qué hora se mueve en la cama, qué umbral sonoro le devuelve a la vigilia sin despertarlo del todo. Se lo dice un widget pequeño de la esquina del visor: biometría pasiva — micro ambiental — confidencial.
Joel suelta dos palabras en tagalo, para sí, sin levantar la voz: nakaw tulog. Ladrón de sueño. Era una expresión que su abuela usaba cuando veía a un crío despierto a deshora, y Joel no la había dicho en voz alta desde hacía cuatro años, ni siquiera para sí. Le sale ahora porque el niño del pijama de dinosaurios tiene la misma cara que tenía Aldwin la noche del hospital, esa cara de saber algo que les viene grande.
En la pantalla, el aparato termina la tarea. Cierra la nevera. Camina hacia la base de recarga. Pasa cerca del niño, y Joel mantiene la cabeza enfocada al frente como manda el protocolo. El panel registra dos segundos de pausa al cerrar la nevera: el margen que el sistema da al operador para «decisión humana» antes de ceder de vuelta a la IA. Joel no decide nada en esos dos segundos. Los usa para mirar al niño en el visor lateral, donde la imagen es más pobre pero el contorno se reconoce. El niño tiene la mano en la pared del pasillo, los pies descalzos, los ojos abiertos del todo.
El aparato se conecta al nido. Joel cierra la sesión. El panel parpadea: sesión terminada, nueve horas, veinticuatro minutos y doce segundos en tarea.
Se quita los auriculares. El silencio tampoco es silencio aquí dentro: zumbido de teclados, ventilador, el chiste lejano de alguien en el cubículo del fondo.
Va al baño y se moja la cara. En el espejo lleva pegado meses un cartel plastificado: Please do not leave personal items overnight. Alguien añadió a boli, en negro, hace un año o así: Your humanity included. Cada vez que Joel lo vuelve a leer le sigue haciendo gracia y, lo que es peor, le sigue pareciendo verdad.
Vuelve al puesto. Doce minutos. El panel le ha asignado ya la siguiente sesión: un ibérico en Valencia, «apagar calefactor olvidado en salón». Desde el cubículo de al lado, Rhea le mira por encima de la mampara. Lleva once horas y la cara de quien ya no las cuenta.
—¿Madrid otra vez? —pregunta. En inglés, casi sin abrir la boca.
Joel asiente.
—El niño se ha despertado.
Rhea hace ese gesto suyo de medio sonreír sin humor, vuelve la vista a su pantalla, una cocina en Hamburgo de un soltero que no recibe visitas, y suelta lo que lleva diciendo cada vez que se le da la ocasión:
—Tú con esto te vas a hacer un viejo.
Joel se ríe lo justo. Tiene treinta y uno. Treinta y uno cumplidos hace dos meses y dos semanas, los mismos treinta y uno que tendría Aldwin en otro mundo, esa edad rara que ya no es la del pijama de dinosaurios pero todavía no es la del trabajo de noche.
La sesión nueva es de manual: un calefactor que se ha quedado encendido en un salón vacío de Valencia, la IA ya ha identificado el aparato y la situación, lo único que necesita es un humano que supervise la decisión durante los cuatro segundos del apagado. Normativa europea desde dos mil veintinueve: todo apagado térmico en ausencia del usuario requiere validación humana. Dos clics. Confirmar. Cerrar. La promesa de la regulación es que un humano siempre está mirando. La promesa del trabajo es que ese humano puede ser cualquiera.
Ficha a las nueve y veintisiete. Once minutos antes del cierre, lo que en la planta llaman salir pronto y descuenta tres dólares de la nómina. A Joel ya no le importa. Lo que cuesta tres dólares de menos lo descuenta él del peso del cubículo.
En la calle son las nueve y veintiocho y hay tráfico. Tarda cuarenta minutos en llegar a los dos cuartos que comparte con su hermana y su sobrina pequeña. La sobrina le pregunta, como cada mañana, quién era la familia de hoy. Joel se sirve agua del filtro porque del grifo en Manila no se bebe, y le contesta lo de siempre, con la voz baja para que su hermana no se preocupe.
—Nadie —le dice—. Nadie importante.
Se sienta en la cama, saca el móvil, no abre nada. Se queda cuatro minutos pensando en el niño del pijama de dinosaurios y se duerme sin quitarse la ropa.
III. Madrid — sábado, doce y seis del mediodía
El humanoide de la pasarela es exactamente el de casa. Martín lo sabe porque ha pasado muchos sábados mirando el suyo por todas partes en busca del número de serie que pone en la cara interna de la muñeca izquierda. Ocho dígitos. Los tres primeros son el lote.
En el stand del pabellón siete de Ifema han montado una pasarela con cuatro aparatos haciendo coreografía. Uno corta una zanahoria en juliana, sin titubear. Otro pliega una camisa con los gestos de una madre que tiene prisa. El tercero coge un tetrabrik de leche de una nevera de mentira y lo deja en una mesa de mentira. El cuarto se acerca a los niños que se asoman y los saluda con la cabeza. Detrás, la pantalla con el logo blanco sobre fondo negro y, al lado, una frase en mayúsculas que Martín entiende sin saber traducirla del todo: «Privacy by design. Always».
El padre lleva un folleto en la mano y se lo sabe ya de memoria. La madre saca fotos con el móvil. Martín se queda mirando al aparato que coge el tetrabrik. Lo hace igual que el de casa: la misma pausa de medio segundo después de cerrar la nevera, ese mismo escuchar algo que no está sonando. Pero esta vez Martín nota algo nuevo. El aparato no mueve los dedos en el orden que él recordaba. En casa, el dedo gordo se desplaza primero al borde del cartón. Aquí, en el de Ifema, se mueve en bloque, todos a la vez. Pequeño detalle. Dos noches sin poder dejar de pensarlo.
El portavoz de la empresa sube al escenario pequeño del stand. Acento de California, traje azul oscuro, traductora simultánea con auriculares. Empieza en inglés, una frase que Martín entiende sin necesitar la voz de la mujer.
—We don't watch you. We help you when you ask. That's the difference.
La traductora repite, medio segundo después:
—No te vigilamos. Te ayudamos cuando lo pides. Esa es la diferencia.
Un señor del público levanta la mano. Lleva acreditación al cuello, libreta abierta.
—El informe de Ética Digital de esta semana habla de cuatrocientas ochenta horas mensuales de teleoperación humana de media en los hogares españoles con NEO, frente a las menos de cinco horas que ustedes comunicaron en el primer trimestre. Dos cifras muy distintas. ¿Cómo se explican las dos a la vez?
El portavoz sonríe antes de empezar la respuesta. Es la misma sonrisa del folleto del padre, ancha, ya estudiada para ese tipo de pregunta. A través de la traductora, dice que las dos cifras son correctas, que depende de cómo defina cada uno teleoperación, que en su empresa creen que el usuario es soberano de sus datos, que precisamente por eso cada familia puede activar o desactivar el modo asistido desde la aplicación del móvil cuando quiera, y que los operadores remotos, y aquí se permite una pausa de tres segundos que la traductora no traduce, son facilitadores altamente cualificados, no vigilantes.
Lo dice sin pestañear. Añade que el equipo está en Manila, que son ingenieros, que muchos hablan tres idiomas, que cobran por encima del salario medio de la ciudad y tienen seguro médico. Lo dice de carrerilla. Un fotógrafo del fondo dispara y el flash rebota contra el azul del suelo del stand.
El periodista quiere repreguntar. Levanta una segunda pregunta, sobre los logs de audio output que la empresa registra como ID sin contenido. El portavoz ya ha dado la palabra a una mujer joven, influencer de tecnología familiar, que pregunta en español por el color del aparato pequeño que han presentado esta semana en Tokio. El portavoz se ríe. La traductora no traduce la risa.
Martín mira al padre.
El padre asiente despacio, como quien por fin entiende lo que necesitaba entender. Se gira hacia la madre, baja un poco la voz para que la influencer no le coma el sitio:
—Ya te decía yo que estos eran los serios. Los chinos te espían. Estos no.
Martín abre la boca. Va a decir lo del cartón, lo del punto azul, lo del clic más largo. La madre le pone la mano en el hombro sin mirarle, ese gesto suyo de cuando van a meterse en el metro y quiere que se peguen, y a Martín se le cae lo que iba a decir como se le cae una pelota a un niño más pequeño.
En la pasarela, el aparato vuelve a coger el tetrabrik por cuarta vez esa mañana. Medio segundo de pausa al cerrar la nevera. Como si escuchara algo. El aparato del stand sí mueve el dedo gordo primero. Solo el de casa lo hace en bloque. Solo el de casa.
Martín baja la vista al suelo del stand. El pabellón siete tiene baldosas de ese azul intenso que la madre llama cobalto. Bajo los focos, las baldosas parecen guardar luz dentro, como si la tuvieran encendida desde abajo. No la tienen. Es el reflejo de los focos contra la cera. Eso es lo que Martín entiende sin saber explicarlo todavía: que algunas cosas parecen que dan luz cuando solo la devuelven, y que del otro lado del reflejo hay alguien que también está mirando, alguien que sabe a qué hora respira él en la cama y que lleva semanas calibrando, sin que nadie lo sepa, lo que le hace falta para bajar a beber agua.
Se queda mirando el suelo hasta que el padre le toca la espalda y le dice que se van a comer.
En el coche, camino del restaurante, la madre le pone la canción que le gusta y le pregunta si le ha gustado el pabellón. Martín dice que sí. No dice lo del cartón por la noche. No dice lo del punto azul debajo de la garganta. Mira por la ventanilla, ve pasar los árboles y los coches, y se queda con un pensamiento que no le cabe del todo en la cabeza pero que ya no se le va a ir: en algún sitio hay alguien que sabe cómo se llama él, y ese alguien quiere que él se despierte.
Esa noche pone música baja en el cuarto. Una lista que se llama «para dormir», de su madre. Se duerme antes de las once.
A las tres y catorce, la música de la lista se interrumpe medio segundo. Vuelve. Algo en la cocina ha hecho clic. Más alto que de costumbre. Después llega el zumbido del compresor, un punto más arriba todavía. La canción se vuelve a interrumpir.
Martín cierra los ojos en la cama. Sabe que si baja, el aparato estará otra vez de pie junto a la isla. Sabe que si no baja, alguien al otro lado del reflejo va a seguir subiendo el ruido hasta encontrarlo.
Espera con los ojos cerrados.
El reloj del horno de la cocina parpadea, como cada noche, las tres y dieciséis.
Fin.
El AI Act (Reglamento UE 2024/1689) entra en vigor pleno el 2 de agosto de 2026 y obliga a transparencia cuando un agente IA interactúa con personas (art. 50). 1X Technologies comercializa NEO, humanoide doméstico que se apoya en teleoperación humana remota para resolver el ~20% de tareas que la IA local no completa: el operador opera con cámara, micro ambiental y altavoz bidireccional del aparato. El acuerdo 1X — EQT del 12 de abril de 2026 compromete 10.000 unidades industriales en paralelo al canal doméstico. La licencia narrativa del relato es una sola: que el panel del operador permita calibrar audio sintetizado al umbral de sueño infantil con biometría pasiva, y que el log registre solo el ID sin auditar contenido. Plausible técnicamente, todavía no documentado.
Los call centers de teleoperación robótica se concentran en Filipinas, Vietnam e India, con salarios reportados de 3-5 USD/hora según informes recientes de la Organización Internacional del Trabajo sobre la gig economy de la robótica de servicios. Las grandes citas del sector — ferias como las de IFEMA Madrid — venden la promesa de la asistencia doméstica del norte global sin contar nunca quién está, exactamente, al otro lado del visor del aparato. El reloj del horno parpadea las tres y dieciséis en cocinas de verdad. Casi siempre no hay nadie despierto para ponerlo en hora.
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Ficciones Domésticas es la serie de relatos especulativos de ROBOHOGAR — cada semana una historia corta desde el hogar robotizado que viene. Cero futurismo de laboratorio, todo cocina, pasillo y salón.







