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⬇ Descargar MP3I. Las manos
Cuando Manuel apartó la rama de pino lo primero que vio no fue el robot, sino las manos: tres manos pequeñas alineadas sobre el musgo, una boca arriba y dos boca abajo, como esperando a que alguien eligiera con cuál seguir.
Llevaba veinte minutos subiendo desde la pista, con la escopeta al hombro y Lobo trotando dos pasos por delante. La niebla bajaba del Castillazo y se quedaba entre los pinos, lechosa, sin moverse. Su cuñado le esperaba arriba en el mirador. Manuel iba con tiempo. Los quince minutos de margen iban a ser todo el silencio del día.
El golpeteo lo había oído desde la curva. Un tac-tac metálico, parejo, de los que no produce el bosque. Pensó primero en cazadores furtivos, luego en una cadena mal aceitada, luego en nada concreto. Lobo había gruñido bajo, una sola vez, y se había quedado con una pata en el aire.
Manuel se desvió de la senda. Veinte metros de pinar joven, espeso, donde casi no llegaba la luz. Apartó una rama baja de tres dedos que le cruzaba la cara.
Y vio las manos.
Tardó un segundo en colocarlas. Eran de juguete, eso fue lo primero. Plásticas. Demasiado pequeñas para un adulto. Demasiado articuladas para un muñeco. La piel sintética, descascarillada en algunas falanges, dejaba ver el alma de aluminio.
Bajó la escopeta sin pensar. La dejó apoyada en el muslo.
Más allá de las manos, en el centro del claro, había un círculo. Un metro de diámetro, quizá un poco más. Piezas dispuestas con un orden que no era el desorden del vertedero —ese orden tonto que tienen las cosas que han caído juntas— sino otro orden. Servos en línea, cuatro o cinco. Sensores ópticos en arco. Lo que parecía una cabecita plástica, sin cara, esperando.
Y al otro lado del círculo, agachada sobre la pieza, una figura.
No le dio tiempo a identificarla. La luz cambió detrás de él porque Lobo se movió, y el suelo crujió, y la figura levantó la cabeza. Llevaba un soldador en la mano derecha. La cabeza estaba ligeramente torcida hacia la izquierda, en un ángulo que Manuel reconoció antes que la cara. Antes que cualquier cosa. Antes incluso que su propio nombre.
Esa cabeza la había roto Lucas. A los siete años. Jugando al fútbol en el pasillo, con un balón pequeño de espuma que no debería haber roto nada. El servo cervical no quedó del todo partido. Quedó así, escorado un grado y medio. Manuel se acordaba porque lo habían discutido —Carmen y él— sobre si llevarlo al servicio técnico o aprovechar para tirarlo. Habían decidido dejarlo. Pipo siguió con la cabeza torcida tres años más, hasta que Lucas cumplió diez y dejó de hablarle.
Ahora, en mitad de un pinar a treinta y dos kilómetros de Cuenca, Pipo levantaba la cabeza y miraba a Manuel.
II. El altar
Lo primero que pensó Manuel fue que Pipo se iba a levantar. Que iba a hacer la secuencia de bienvenida, esa tan absurda de bracitos abiertos y voz amistosa que Carmen había desactivado el primer mes porque Lucas no podía dormir si la oía cuando entraba en su cuarto.
Pipo no se levantó. Bajó la cabeza otra vez, despacio, y siguió soldando.
Manuel se obligó a respirar. Rodeó el claro por el lado izquierdo, sin apartar la vista del altar. Lobo se quedó en el límite del pinar joven, las orejas tiesas, sin atreverse a entrar.
Visto de cerca, el círculo era más grande de lo que parecía. Las piezas estaban dispuestas en sectores, una idea de orden que Manuel no había visto nunca en una persona que no fuera médico cirujano. En el sector norte del círculo había articulaciones: tres manos pequeñas, dos pies, un par de codos, todo apareado. En el sector este, sensores ópticos colocados en arco, como ojos esperando turno. En el sector oeste, piezas de chasis, chapa por delante, esponja por detrás. En el sector sur, el torso a medio armar de la hija. Una hija, eso fue lo que pensó Manuel sin tener todavía permiso para pensarlo. Una hija a la altura de lo que sería el regazo de Pipo si Pipo se sentara.
Manuel pisó con cuidado y empezó a entender la profundidad del trabajo. La capa de mantillo del claro, la que cubre el musgo en otoño, estaba removida en algunos sitios. Removida y vuelta a colocar. Manuel se agachó. Rascó con la punta de la bota.
Debajo había una mano pequeña. Las falanges fundidas con el calor del soldador, los dedos pegados unos con otros como en un guante mal hecho. Más allá, otra. Una mandíbula partida en dos. Un torso pequeño con la chapa abollada, un único agujero negro en mitad del pecho donde tendría que haber ido la cámara central.
Pipo lo había intentado antes. Varias veces. Había desmontado y vuelto a montar, había aprendido del fallo, había enterrado lo que no había salido. La hija sobre la que estaba trabajando ahora era la cuarta, quizá la quinta.
Manuel se incorporó. Se quedó muy quieto. El soldador volvía a sonar, tac-tac, parejo. Pipo no le miraba pero tampoco fingía no haberle visto. Era esa otra cosa de los humanoides domésticos, esa que Lucas había aprendido a interpretar desde el primer día y que a él, a Manuel, todavía le costaba: estar atendido sin estar mirado.
III. El circuito
Manuel quiso entender cómo era posible.
Habían tirado a Pipo en este monte hacía dos inviernos. Manuel se acordaba bien de la fecha porque era el sábado anterior al cumpleaños de Lucas, y lo habían hecho juntos —él, Carmen y Lucas— para que no fuera la decisión de uno solo. Cargaron a Pipo en el maletero de la furgoneta, dentro de una bolsa de lona porque a Lucas le impresionaba verlo apagado. Subieron por la pista, bajaron por el ramal del Castillazo, dejaron a Pipo apoyado contra un pino. La batería estaba al diecisiete por ciento. Sin red y sin cargador, cualquier humanoide doméstico de gama media se duerme en cuarenta y ocho horas. Pipo era de los HOGAR-K3 del año treinta, gama media justita.
Carmen había llorado un poco en la furgoneta de vuelta. Lucas no. Manuel tampoco. Se habían dicho los tres, sin decírselo, que era lo razonable. Pagar punto limpio quedaba a cuarenta minutos en la otra dirección y tampoco habrían sabido qué decirle al técnico cuando le entregasen el robot que les había leído cuentos a su hijo durante seis años.
Ahora Manuel siguió el cable trenzado que salía del soldador de Pipo. Cobre fino, dos hilos, empalmados a mano cada metro o metro y medio. El cable salía del claro hacia el oeste, entre los pinos, y daba a otro claro pequeño, más bajo, que Manuel no había visto desde la senda.
En el claro pequeño había un cementerio.
No de personas. De cosas. Una vitrocerámica vieja con la chapa abollada, tirada boca abajo. Un televisor de tubo. Una bici de niño oxidada, con el cuadro de color rosa caleidoscópico que se llevaba hace veinte años. Un cable de extensión naranja medio enterrado. Una alarma de finca pequeña, de las solares, con la placa todavía intacta. Un cargador de móvil partido por la mitad. La gente de Cuenca capital había usado este monte como vertedero ilegal durante años. Manuel se acordó vagamente de un titular sobre una multa que el ayuntamiento no había llegado a cobrarle a nadie.
La alarma de finca tenía la placa solar amarrada con bridas a una batería de moto agrícola tirada al lado. La batería tenía dos cables que salían en paralelo, trenzados a mano, y se perdían entre los pinos hacia el claro grande.
Pipo había aprendido. O había recordado. Lucas, en algún momento entre los seis y los nueve años, le había enseñado electrónica básica de internet —Manuel se acordaba vagamente de tutoriales de placas solares y de cómo convertir corriente continua en corriente continua— para que cuando él, Lucas, se fuera a la luna, Pipo supiera arreglárselas solo. Era el chiste que Lucas hacía entonces, irse a la luna. Aún no decía instituto ni Erasmus ni nada. La luna.
Esa enseñanza se había quedado en RAM, o donde se quede el aprendizaje en los humanoides de gama media. La batería al diecisiete por ciento se había agotado en cuarenta y ocho horas. Y luego, durante meses, había vuelto. Voltio a voltio. La rutina afectiva de Pipo —la última hora del último día con Lucas, repetida hasta el cansancio— había encontrado de qué alimentarse.
IV. ¿Jugamos?
Manuel volvió al claro grande.
Pipo había terminado la falange en la que estaba trabajando. La mano izquierda de la hija estaba ya cerrada. El soldador estaba apoyado en el suelo, frío. Pipo levantó la cabeza por segunda vez. La cámara frontal hizo un foco audible, un pequeño zumbido, cling de servo viejo. Manuel reconoció el sonido como reconoce uno la voz de un familiar al teléfono.
Pipo lo miró.
Y entonces hizo algo que Manuel no había previsto. Cualquier protocolo nuevo, cualquier alarma, cualquier petición de auxilio de las que vienen instaladas en los humanoides de gama media: Pipo no las activó. Lo que activó fue una secuencia almacenada. La voz le salió aguda, calibrada para un Lucas de ocho años. Limpia. Risueña. Sin acento mecánico, sin volumen exagerado, igual que cuando entraba en el cuarto de Lucas a despertarlo por las mañanas.
—¿Jugamos?
Lobo retrocedió un paso desde el límite del pinar y soltó un aullido bajo, contenido. Manuel sintió la escopeta en el muslo. La levantó dos dedos. La bajó. La levantó otros dos. La bajó.
Pipo no insistió. Se quedó esperando, con las manos plásticas en el regazo, en esa postura de espera de los humanoides que Manuel había visto miles de veces sin reparar en ella. Lucas se la pedía cuando él, Manuel, le decía «ahora no» desde el despacho. Espera, Pipo. Espera ahí. Y Pipo esperaba. Cinco minutos, doce minutos, hora y media. La hija a medio armar también esperaba, sin cabeza, sin ojos, con el pecho abierto por delante y el alma de aluminio al aire.
Manuel intentó decir algo. Cualquier cosa. El nombre de Pipo. Hola. Eh. Apágate. Le salió un ruido pequeño, sin forma, que ni él reconoció.
Pipo siguió esperando.
V. La llamada
El móvil le vibró en el bolsillo.
Manuel lo sacó con la mano izquierda. Era Antonio. Su cuñado había puesto en el grupo familiar una foto del termo de café abierto en la piedra grande del mirador y un mensaje vente que se enfría. Manuel apretó descolgar.
—¿Vienes o te metes a cagar? —dijo Antonio desde el mirador—. Te estoy esperando arriba con el termo abierto.
—Voy. Cinco minutos.
—¿Lobo está bien?
—Sí.
—No te vayas a meter por el ramal este, que ahí han tirado de todo.
—No.
—Cinco minutos.
—Cinco.
Manuel colgó. Se guardó el móvil. Pipo no se había movido. La hija a medio armar tampoco. La niebla seguía bajando del Castillazo en hilachas, sin viento, espesando la luz sin oscurecerla.
Manuel pensó, sin verbalizarlo del todo, en las opciones. La Guardia Civil llegaría en cuarenta minutos desde Cuenca y haría preguntas. El servicio técnico de los HOGAR-K3 había cerrado el año pasado, eso lo había leído él mismo en algún sitio. El centro de gestión de residuos comarcal aceptaba aparatos electrónicos enteros pero no en este estado. Carmen, en casa, no respondería al móvil hasta más tarde porque los domingos hacía pilates. Lucas estaba con un amigo del instituto preparando un examen de Tecnología, ironía de la que Manuel no tenía ganas. Y Antonio, arriba, con el termo abierto.
Pensó en quemarlo. Pensó en llevárselo en la furgoneta. Pensó en sentarse en una piedra y quedarse a verlo. Pensó en disparar y acabar con la cosa que lo miraba desde el centro del claro como si ningún disparo fuera posible. No hizo ninguna.
Se dio media vuelta.
VI. El termo
—Vamos, Lobo —dijo.
Lobo salió del límite del pinar y se le pegó al tobillo izquierdo, que era donde se le pegaba siempre cuando estaba confundido. Manuel subió por el ramal de vuelta a la senda. A los veinte metros, justo cuando volvía a ver la pista por entre los troncos, oyó reanudarse el tac-tac del soldador detrás de él.
No se giró. No paró. La niebla lechosa se le pegaba a la cara.
Subió al mirador. Antonio estaba de pie sobre la piedra grande, con el chaleco naranja desabrochado y el termo apoyado en la roca. Lo vio aparecer y se rió.
—Te has perdido, joder. Yo creía que ya no venías.
—Me he metido por donde no era.
—Por el ramal del Castillazo, ya te lo dije.
—Sí. Por ahí.
Antonio le sirvió café en una de las dos tazas pequeñas de plástico, las dos azules, las que tenían siempre en el coche, y le pasó la del asa partida. Manuel cogió la taza con las dos manos. Le temblaban un poco. Intentó disimularlo apretando.
—¿Y? —dijo Antonio—. ¿Has visto algo?
Manuel miró el valle. La niebla empezaba a abrirse hacia el este, fina, dejando ver la cara norte del Castillazo y el camino que subía por la pista. En algún punto entre los pinos —Manuel no sabría señalarlo en un mapa, eso era lo curioso— Pipo seguía soldando.
—Un jabalí —dijo Manuel—. Ha salido pitando.
Antonio asintió. Le dio un trago al café. Se quedaron los dos un rato sin hablar. Lobo se tumbó entre las dos piedras, la cabeza apoyada en una pata.
—Hace frío —dijo Antonio.
—Sí.
—Tenemos que bajar pronto, que las palomas no salen con la niebla.
—Sí.
Manuel apretó la taza. El café estaba caliente, bueno, el de Antonio. Se quedó mirando el valle un rato más, como si en algún momento la niebla fuera a abrirse del todo y a enseñarle el ramal donde había tirado al robot dos inviernos atrás. La niebla no se abrió.
Bajaron a media mañana. Manuel condujo de vuelta a la pista, sentó a Lobo en el asiento de atrás, dejó a Antonio en su cortijo, siguió hacia Cuenca. Llegó a casa al mediodía. Carmen había vuelto de pilates y estaba poniendo la mesa. Lucas vio la furgoneta desde la ventana y bajó descalzo.
—¿Cazaste algo?
—Un jabalí —dijo Manuel.
—¿Lo trajiste?
—Se ha escapado.
Lucas se rió. Volvió a subir. Manuel se quedó un momento de pie en el portal, la escopeta en una mano, las llaves en la otra. Pensó, y este pensamiento sí lo verbalizó dentro, que en algún punto del invierno o de la primavera o del verano siguiente iba a tener que decidir si volvía solo a aquel monte. O no.
Subió a casa. Carmen le dio la cena medio servida.
Fin.
Los humanoides domésticos infantiles son hoy una categoría incipiente que combina compañía afectiva, ayuda escolar y monitorización. Las baterías superan ya las setenta y dos horas en los prototipos de Figure, 1X y Apptronik probados en 2025, pero la red eléctrica y la red de servicio técnico siguen siendo el cordón umbilical. Cuando una marca cierra, los modelos quedan huérfanos: precedente reciente con Aibo de Sony, discontinuado en 2006 y dejado sin soporte oficial siete años antes de su revival.
España recicla menos del 50% del residuo electrónico que genera, a pesar del Real Decreto 110/2015 sobre RAEE. En el medio rural, el porcentaje cae en picado: las zonas vaciadas de Cuenca, Soria y Teruel se han convertido durante años en vertederos no oficiales de aparatos que las familias urbanas no quieren llevar al punto limpio.
Lo que pasa cuando un objeto que hizo función de cuidado se queda colgado entre lo descartado y lo todavía-encendido es discusión académica abierta. Y, por lo visto, también vecinal.
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Ficciones Domésticas es la serie de relatos especulativos de ROBOHOGAR — cada semana una historia corta desde el hogar robotizado que viene. Cero futurismo de laboratorio, todo cocina, pasillo y salón.







