I. La cocina a las ocho
A las ocho menos cuarto Pilar lo enciende desde la cocina, antes de poner la cafetera. Las instrucciones se las sabe: pulgar en el sensor, clave de seis dígitos, menú de accesibilidad, familiares simulados, Ramón. La foto de la boda del sesenta y ocho aparece primero — el traje marrón, el clavel, la sonrisa con los dientes separados — y luego la pantalla pide confirmación. Sí. Hoy Ramón.
Cinco años muerto y cada mañana en la cocina.
El HOGAR-X5 tarda lo que tarda la cafetera italiana en subir. Dos minutos largos de un gluglú que Pilar ya oye sin oírlo, apoyada en la encimera, el móvil boca abajo al lado del bote de colacao. Por la ventana del patio entra esa luz de enero que no calienta. La maceta de los geranios sigue sin florecer — tampoco floreció el año pasado, ni el anterior. Pilar la riega igual, los jueves.
El humanoide se levanta del rincón sin ruido. La pelusa de la alfombra del pasillo le sigue pegada en el codo desde el martes. Pilar alarga el brazo y se la quita con dos dedos, como se quita una hilacha de una chaqueta. Es un gesto maquinal, de mujer que lleva limpiando la misma cocina desde que aquí vivía también su padre.
—Ramón —dice.
No le habla a él. Lo dice para sí, para probar cómo suena el nombre en voz alta a estas horas. Cinco años hace que no lo decía así, con erre fuerte, desde que lo enterraron en la Almudena. El humanoide gira la cabeza un grado. No responde todavía — le falta el detonante, la voz de Soledad, la palabra clave que ella, sin saberlo, va a decir en cuanto entre. Ay. Siempre lo mismo. Ay, qué frío.
Pone dos tazas. La de la madre es la grande, con el asa descascarillada; la otra, para el humanoide, es para que no desentone a la vista. El café se va a quedar frío dentro. Da igual. El humanoide no lo bebe — hace el gesto de subir la taza, posar los labios sintéticos, decir está caliente, mujer, déjalo reposar. Hay que ver cómo cuidan esos detalles los ingenieros.
La demostración fue en septiembre, en unos grandes almacenes de Gran Vía. A Pilar, la primera vez que vio a la actriz contratada para hacer de abuela, se le cayó el alma. A los dos días ya ni le hacía efecto.
Por el pasillo, las zapatillas.
El arrastre lento primero, el tropiezo contra el zócalo después, el ay a la tercera. Soledad entra en la cocina con la bata azul abrochada al revés. Lleva el pelo todavía aplastado del lado derecho, la marca de la almohada cruzándole la mejilla.
—Ay, qué frío.
El humanoide se gira entero hacia ella. Pilar lo ha visto veinte veces y todavía le impresiona lo bien que copia la manera que tenía el padre de girar — empujando primero desde la cadera, como si tirara de él un peso por el lomo que no estaba. El humanoide no tiene lomo. Lo imita igual.
—Soledad —dice. La voz no es la del padre, no del todo; es una voz que se le parece, grabada de tres vídeos familiares que Pilar escaneó en septiembre. Es suficiente. Soledad levanta la cabeza como si de golpe se hiciera un hueco dentro. Lo mira con la boca medio abierta. No sonríe. Nunca sonríe el primer segundo. El primer segundo es siempre de susto.
Luego viene la otra cosa.
—Hay que ver, Ramón —dice, y se sienta en la silla de siempre, la que da al patio. Coloca las manos sobre el mantel de hule, la cenefa de aceitunas gastada por el roce. Alguien le acerca la taza. La coge con las dos. Le tiemblan. Lleva tres años con el parkinson suave. Sopla dos veces, corto, como quien apaga velas — un gesto que tenía de niña, dice Pilar, un gesto que ya ni su madre recuerda de quién lo copió.
El humanoide se sienta enfrente. No habla todavía. Ha aprendido a esperar.
Pilar está apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados bajo el pecho, aguantando. Hay mañanas en que entra y se sienta también. Hoy no. Hoy aguanta. Soledad mira al humanoide con un cariño que no admite preguntas. Si Pilar se asoma, la madre se pone nerviosa — ¿quién es esta, quién ha entrado? —, así que se queda en el quicio, vigilando de reojo, con el pulgar rozando el mando del móvil dentro del bolsillo del chándal.
—Hay que ver qué frío —repite la madre.
—Hay que ver, mujer.
Es el muletillario del padre. Hay que ver, hay que ver. Lo usaba hasta para los partidos del Atleti, para el telediario, para cuando la nieta suspendió en junio. Hay que ver, Pilar, cómo está el mundo. Pilar cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, la madre ha puesto una mano sobre la mano sintética del humanoide. Aprieta.
No hay guion para ese aprieto. El HOGAR-X5 lo guarda como gesto espontáneo.
El mes pasado Pilar leyó las ciento cuarenta páginas del manual del usuario hasta la última nota al pie. Los contactos físicos iniciados por el usuario vulnerable quedan guardados como datos operativos durante setenta y dos horas para ajuste del modelo de vínculo. Así lo llaman. Modelo de vínculo. Como si el vínculo se dejara poner por un modelo.
—¿Has dormido bien? —pregunta el humanoide.
La madre asiente sin soltarle la mano.
—Te vi en el sueño. Estabas en la cocina. Tenías la cartera del Atleti en la mesa.
—Ya estoy aquí, mujer.
Soledad sonríe.
Pilar se da la vuelta, silenciosa, y se va a abrir el buzón. Hay una carta del banco y un folleto del Ayuntamiento sobre ayudas a la dependencia que la Junta reformó en noviembre y que todavía no se pueden solicitar. Lo deja todo sobre el aparador del pasillo, encima de la foto de boda del sesenta y ocho. Se queda un segundo con la foto delante — Ramón, el traje marrón, el clavel, la sonrisa — y vuelve a la cocina como si no la hubiera mirado.
La madre se está comiendo la magdalena que anoche dejó mordida sobre el plato. El humanoide le ha puesto azúcar en el café aunque Pilar lo tenía puesto sin azúcar — ha decidido, por su cuenta, que el cariño necesita una cucharadita. Bueno. Modelo de vínculo. Pilar lo deja estar. Se sirve una taza. Se sienta.
—Buenos días, mamá.
Soledad la mira.
—¿Y tú quién eres?
Es un día malo. Los hay.
—Tu hija.
—Ah. Pilar.
—Pilar.
—Hay que ver qué cara, hija, qué ojeras traes.
El humanoide asiente con esa gravedad exacta que tenía el padre cuando era el padre quien echaba la bronca por no dormir. Lo hace bien. Demasiado bien. Pilar baja la vista al café. Mira el reloj del horno: las ocho y veinticuatro. Por la ventana, en diagonal, el aparcamiento donde suele parar el taxi que trae a Carmen desde Atocha.
II. La hermana
Carmen entra a las tres y media, con la gabardina mojada y la maleta de cabina con una rueda estropeada que hace ruido por el descansillo. Tiene la llave desde hace años. Cuando llama al timbre Pilar ya está abriendo.
—¿Llueve en Bilbao?
—Allá siempre, hija.
Beso. Carmen deja la maleta en la entrada, se quita la gabardina, la cuelga mal del colgador — se cae, la recoge Pilar sin decir nada —, pregunta por la madre con la barbilla.
—En la cocina.
Carmen empuja la puerta.
Y se queda ahí.
Lo que ve desde el umbral es a su madre, sentada en la silla del patio, tomando café con alguien. Un hombre. Un hombre que no está. Un hombre al que ella enterró hace cinco años y medio. Ese hombre, visto de espaldas, lleva una rebeca verde como la que el padre guardaba para los inviernos malos. La rebeca no es real. Es imagen proyectada desde el sintético. Pero la cabeza que sostiene la rebeca, el gesto de remover el azúcar con la cucharilla tres veces antes de dejarla — siempre tres, nunca cuatro, siempre tres, decía el padre cuando sus hijas le tomaban el pelo —, el modo de sostenerla todavía levantada medio segundo antes de apoyarla en el plato. Es él. No es él. Es él.
Carmen se lleva una mano a la boca. El gesto le sale antes de poder controlarlo.
Pilar la coge del codo y la arrastra al cuarto de al lado, el que fue de la abuela y ahora guarda cajas.
—Pilar, pero, pero qué es eso —Carmen susurra, muy bajo, con la voz rota, con esa voz que de pequeña ponía cuando descubría algo. Pilar, qué has hecho, Pilar, qué haces con las tijeras de mamá.
—Cierra la puerta.
Carmen la cierra.
—¿Es un robot?
—Es un humanoide, Carmen, sí. El HOGAR-X5.
—¿Y por qué va vestido como papá?
—Porque lo configuré como papá.
Silencio.
Carmen se sienta en una de las cajas. La caja se hunde por un lado — son libros viejos del abuelo, sin mover desde hace veinte años. Carmen no se entera. Mira al suelo. Mira a Pilar.
—¿Estás engañando a mamá?
Pilar se cruza de brazos. No le sale la respuesta enseguida, y cuando sale, sale dura.
—Tres ingresos el año pasado, Carmen. Tres.
—Ya lo sé.
—Tres veces en urgencias. Dos con contención. Una con sedación larga, porque se había hecho tanto daño en los brazos que la tuvieron que vendar hasta los codos. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo.
—Pues eso.
Carmen se aprieta la frente con los dedos, fuerte. No llora. Nunca llora la primera. Le viene el llanto más tarde, en el AVE de vuelta, cuando ya no la ve nadie.
—Pilar, eso no puede ser legal.
—Es legal. Leí el manual entero. La transparencia del reglamento europeo se entrega al tutor. Yo soy la tutora.
—Pero mamá…
—Mamá no sabría entender una transparencia aunque se la leyera el Papa.
Carmen suelta una risa rarísima, rota, sin humor.
—Pilar, por favor.
—¿Por favor qué?
—No sé. Por favor algo.
Desde la cocina se oye la voz del humanoide, suave, diciéndole algo a la madre. La madre responde con hay que ver y una risa pequeña. Carmen levanta la cabeza hacia la pared. Hace tiempo que no oía esa risa pequeña de su madre. La risa corta, la de antes de que todo se torciera. Se la guardó la propia Carmen en un audio del móvil de hace cuatro años y medio, grabada sin querer en una comida de Navidad en Bilbao.
—Catorce horas —dice Pilar, más bajo ya.
—¿Catorce horas qué?
—Catorce horas de llanto seguido, el miércoles de hace dos meses. Desde las siete de la tarde hasta las nueve de la mañana siguiente. Se había metido en la cabeza que yo era la portera, que yo era la ladrona. Me escupió. Me arañó. —Pilar se sube la manga del chándal y le enseña la cicatriz fina que le cruza el antebrazo—. Esto es de esa noche. Después de catorce horas llamé al SAMUR. Vino una médica joven que me miró como si la maltratadora fuera yo.
Carmen mira la cicatriz. Carmen no dice nada.
—Desde que lo tiene, no ha vuelto a pasar.
—Desde que tiene… ¿esto? —Carmen hace un gesto con la barbilla hacia la puerta.
—Desde que tiene a Ramón.
Carmen cierra los ojos.
Comen las tres. Las dos, en realidad. El humanoide se sienta a la mesa porque la madre se pone nerviosa si no se sienta. Ha vuelto a ser Ramón desde que Soledad entró en la cocina. Pilar no lo ha desactivado. Carmen tampoco le ha pedido que lo desactive.
Lentejas. Están pasadas de sal. Carmen no dice nada. La madre come dos cucharadas y deja la cuchara. Mira al humanoide.
—Ramón, la gabardina de tu hija está mojada.
El humanoide gira la cabeza hacia la entrada, donde efectivamente la gabardina de Carmen sigue mal colgada y goteando sobre las baldosas.
—Habrá llovido en el norte, mujer.
—Siempre.
—Siempre, sí.
La madre vuelve a coger la cuchara. Come tres más. Deja otra vez. Mira a Carmen.
—¿Y tú de dónde vienes?
—De Bilbao, mamá.
—Vaya viaje, hija. Y eso.
—Un rato nada más.
—Un rato nada más, dice.
Se ríe. Risa corta. La de antes. Carmen mira a Pilar por encima del plato de lentejas — la mira, no la acusa. Es otra cosa. Es un reconocimiento. Es el reconocimiento de alguien que está descubriendo que no tiene una respuesta buena. Lleva toda la vida sin que le falten respuestas, Carmen, economista de banco, mujer que decide por teléfono; y esta tarde no tiene ninguna.
Terminan de comer. La madre se queda adormilada en el sofá con el humanoide al lado, acariciándole el pelo con un ritmo que copió del vídeo de la cena de Navidad de dos mil dieciocho. Pilar y Carmen recogen en silencio. Lavan los platos juntas — una enjabona, la otra seca, como cuando eran niñas.
En la puerta, antes de irse, Carmen se pone la gabardina todavía húmeda.
—Pilar.
—¿Qué?
—Yo no sé qué haría en tu lugar.
Pilar la mira. Lleva esperando esa frase desde las tres de la tarde. Otra frase venía preparando para el golpe — una con ira, una con perdón —; esta le llega así, descolorida y sin mayúsculas, como sale la verdad cuando uno se queda sin discurso.
—Ya lo sé.
—Llámame.
—Te llamo.
Carmen baja las escaleras. La rueda estropeada de la maleta hace ruido hasta la calle. Pilar cierra la puerta despacio. Apoya la frente contra la madera. Respira dos veces. Vuelve al salón.
El humanoide sigue acariciando el pelo de la madre.
III. El menú
A las once y veinte la madre ya está dormida. Pilar le ha puesto las dos pastillas con la yema de queso del suplemento, esas que si se las da ella sola Soledad escupe porque saben a metal. Hoy se las ha dado Ramón, mano a boca. Soledad ha abierto la boca sin preguntar, ha tragado, ha dejado que la llevara a la habitación tomándola del codo. En la cama, el humanoide se ha quedado un rato largo sentado al borde, contándole una historia vieja del barrio — una historia del padre, de cuando trabajaba en los Almacenes Arias — hasta que la madre ha cerrado los ojos.
Ahora el humanoide está en su rincón del salón, apagado. No apagado apagado — suspendido. Hay una pelusa nueva pegada en el codo, del chal que le echó por encima la madre mientras él le contaba lo de Almacenes Arias. Pilar va a quitarla y no va. Se queda quieta delante.
La casa huele a café frío y a lentejas.
Pilar saca el móvil y abre la app. En la pantalla de inicio está el perfil activo: Ramón García Torres · esposo · fallecido 2027. Debajo, en gris, la caja nueva — Sugerencias basadas en tu entorno familiar.
Doméstica Ibérica sacó la actualización hace tres semanas. Pilar la leyó deprisa, no le hizo mucho caso. Ahora el recuadro pide permiso: ¿Deseas añadir un nuevo perfil de familiar simulado? Hemos detectado que otra persona del entorno de Soledad la visita de forma regular. Puedes facilitar la continuidad afectiva entre visitas añadiendo su voz y gestos al Modelo de Vínculo.
Debajo, dos opciones. Añadir perfil — Carmen García Torres, hermana, Bilbao. Ahora no.
Pilar lee la frase una vez y otra.
Baja el móvil. Lo deja sobre la encimera. Lo vuelve a coger. Sube el brillo con el pulgar, como si la pantalla pudiera estar engañando. No engaña. Lo que pone lo pone.
Pilar no ha subido a Carmen. Nunca la ha subido. Carmen no ha estado a solas con el humanoide ni un minuto. El humanoide la ha reconocido por la conversación de esta tarde — tres horas de voz cruzando la cocina y el pasillo —, ha cotejado con la libreta de contactos del móvil de la madre, ha comparado con las fotos del álbum que Pilar escaneó en septiembre. Carmen aparece en treinta y cuatro, desde la comunión del setenta y ocho.
Y le propone.
Le propone a Carmen.
Pilar se sienta en la silla del patio. Deja el móvil sobre el mantel de hule. La cenefa de aceitunas está gastada justo por donde ella apoyó el codo durante los meses de duelo de Ramón. Un gastado pequeño, un círculo, el mismo círculo que hay en la encimera donde la madre ponía el tarro del café antes de olvidar dónde iba el tarro del café.
No toca nada.
El aparador del pasillo. Debajo de la foto de boda del sesenta y ocho, el folleto del Ayuntamiento que le deja cada mes en el buzón el repartidor nuevo — prorrogado de nuevo, fecha de resolución por determinar. El cajón del baño. Tres cajas de antiinflamatorios para las varices que lleva tres años aplazando; si entrara al quirófano, quién se queda en casa las noches en que la madre llora. El WhatsApp con Carmen, abierto. La última frase, leída a las seis y dieciséis, sin contestar: yo no sé qué haría en tu lugar. Esa frase es lo más honrado que le ha dicho una hermana en cuarenta y cinco años.
No toca nada.
En la pantalla, el botón de Añadir perfil — Carmen García Torres parpadea suave, en ámbar. La app está diseñada para que el parpadeo no sea agresivo — otra cosa que leyó Pilar en el manual —. Lo llaman invitación contemplativa. Para que la cuidadora no sienta la presión. Para que decida con calma.
Pilar mira el humanoide apagado en el rincón. Desde aquí, desde la silla del patio, parece un abrigo colgado de una percha grande. La pelusa del chal sigue en el codo.
Coge el tabaco. Sale al balcón.
Fuma despacio. En el balcón del quinto de enfrente hay un perro pequeño que ladra a los pájaros que no están. Cuando Pilar acaba el cigarrillo, lo aplasta en el borde de la maceta del romero — el romero tampoco florece, ya qué más da — y vuelve adentro.
El móvil sigue sobre el mantel, boca arriba. La pantalla se ha apagado por sí sola.
Pilar lo coge. Mira el botón de bloqueo. Podría bloquear el móvil y acostarse.
Podría abrir la app y darle a Ahora no.
Podría abrir la app y darle a Añadir perfil.
Pilar se queda un segundo largo con el pulgar rozando la pantalla, sin apretar. Luego bloquea el móvil y lo deja boca abajo sobre el mantel.
En la cocina ahora solo se oye el termómetro imantado de San Vicente de la Barquera, que lleva dos años marcando mal la temperatura y a nadie le importa.
Pilar apaga la luz. Se va a la cama.
El humanoide sigue en el rincón. A las tres y media de la madrugada, si la madre se despierta y llama con esa voz fina que le sale a veces, se levantará y entrará en la habitación siendo Ramón. Si no, se quedará en su sitio hasta las ocho menos cuarto del día siguiente, cuando Pilar vuelva a encenderlo desde la cafetera.
La app, en el móvil boca abajo, sigue con el botón parpadeando suave.
Nadie la mira.
Fin.
LO REAL DETRÁS DEL RELATO
El AI Act (Reglamento UE 2024/1689) entra en vigor pleno el 2 de agosto de 2026 y obliga a que toda persona sepa cuándo está hablando con una IA. El hueco jurídico en adultos sin capacidad — donde la transparencia se entiende cumplida funcionalmente frente al tutor legal — sigue abierto. En España viven cerca de 900.000 personas con demencia (Alzheimer España · SEN); según el IMSERSO, el 80% del cuidado recae en la familia y el 85% sobre mujeres de 55 a 69 años. El proyecto europeo MARIO (2015-2018) ya probó humanoides en pacientes con demencia hace una década. El HOGAR-X5 de Doméstica Ibérica no existe. Los Almacenes Arias, el parkinson suave y la risa corta de antes sí existen, en forma de madre, en muchas casas.
Ficciones Domésticas es la serie de relatos especulativos de ROBOHOGAR — cada dos o tres, una historia corta desde el hogar robotizado que viene. Cero futurismo de laboratorio, todo cocina, pasillo y salón.







